Vida

Una vida con ligereza

Una vida con ligereza

Cuando escucho hablar del movimiento slow siempre recuerdo el ensayo de Italo Calvino sobre “La ligereza” en sus célebres “Seis propuestas para el próximo milenio“. Fueron publicadas en 1998, cuando nadie hablaba todavía de slow life. Hoy siento la necesidad de releerlo con un sentimiento extraño de quien quiere evitar perderse algo importante.

Por supuesto, os recomiendo la lectura de este ensayo pero, a modo de resumen, os copio el último párrafo que utiliza un lenguaje poético-metafórico. La traducción es mía.

He hablado del chamán y del héroe del cuento popular, de la privación sufrida que se transforma en ligereza y permite volar al reino donde toda carencia será mágicamente satisfecha. He hablado de las brujas que volaban en humildes utensilios domésticos como puede ser un cubo. Pero el héroe de este cuento de Kafka no parece tener poderes chamánicos ni mágicos, ni parece que en el reino más allá de las montañas de hielo pueda llenarse el cubo vacío. Sobre todo porque si se llenara no podría volar. Así, cabalgando nuestra cubo nos acercaremos al próximo milenio sin esperar a encontrar nada más que lo que seamos capaces de llevar. La ligereza, por ejemplo, las virtudes de la que he intentado ilustrar con esta conferencia.

Confieso que no sé mucho donde quiero ir a parar con todo esto. Sé que esta mañana me ha impactado un vídeo de la psiquiatra Marian Rojas Estapé dirigido a padres sobre la educación de sus hijos; vídeo que también os recomiendo: “Cómo educar para que le pasen cosas buenas a tus hijos“, por si deseais buscarlo en YouTube.

Marian Rojas habla sobre la adicción a las pantallas y las repercusiones que pueden tener en nuestra mente, y sobre todo, en la de los niños que todavía son más vulnerables. Señala como las redes sociales capturan nuestra atención en busca de pseudo satisfacción inmediata y de qué manera buscamos compensación en el teléfono para desconectar de sensaciones de estrés. Subraya la importancia de educar en la tolerancia a la frustración y al aburrimiento que constituyen dos ingredientes inherentes a la vida aunque a menudo no queramos sentirlos. Evitarlos supone una aceleración que nos desconecta de la realidad.

Todo ello pone de manifiesto la importancia de adiestrar la atención. Quien pueda mantener la atención tendrá la clave para orientarse en este mundo de información excesiva y por tanto, la posibilidad de filtrarla para construir un criterio. Por todo ello, es importante aprender a esperar, ya que difícilmente lo que nos nutre profundamente llega a través de la gratificación instantánea.

He terminado de ver el vídeo y me ha hecho reflexionar sobre que hemos avanzando ya un buen tramo de este milenio que Calvino preveía en un futuro. Me cuestiono donde se encuentra hoy la ligereza que nos invitaba a cultivar y también me pregunto si colaborando en difundir la práctica del yoga, de la meditación, del contacto con el cuerpo y con la naturaleza o organizando slow teambuilding y baños de bosque para empresas de mente abierta, estoy aportando algo a este siglo que nos ha tocado vivir.

A menudo me siento a contracorriente porque nada de lo que propongo es bastante estimulante ni rápido. Y me reafirmo en que sí, que estas herramientas ayudan a contactar con los aspectos reales de la vida, con las cosas sencillas que nos nutren y que a menudo pasamos por alto porque para hacerlo, hay que ralentizar y sentir.

Desde donde estoy, con mi edad y trayectoria, con los aciertos y las dificultades, la sensación es que, ciertamente, a mi alrededor todo se acelera. Cuanto más deprisa va, más siento la necesidad de detenerme. Regalarme un rato de vida lenta, para sentirla y saborearla, para aprender a ser feliz también en el vacío, la tristeza o el dolor. Permanecer en lo que no se ni sabré nunca, en lo que no llega. Poner el teléfono en modo avión aunque no vuele, porque sí, porque sino me echo de menos de una manera que no me hace vivir contenta.