Intersecciones y contradicciones

contradicciones

Intersecciones y contradicciones

Intersecciones y contradicciones

Intelectualmente me fascinan las intersecciones, estos espacios de confluencia difíciles de clasificar. Hoy me he  propuesto ordenar los libros porque el estudio se ha convertido en un laberinto desagradable. Los de cocina en el estante de la derecha, recetas, dietética… ¿Los de naturaleza? también a la derecha pero más arriba, árboles de Cataluña, plantas de Montserrat, bosques mediterráneos. Entonces aparece aquel que no recordaba de “naturaleza para comer” o “flores medicinales” y lo sostengo en la mano un buen rato como si fuera un desafío irónico para el que no tengo respuesta. El reto continúa con las estanterías de la izquierda porque también tengo libros de la “dieta de las emociones” que dudo si clasificar en el apartado de terapia, y los de “naturaleza y espiritualidad” o “espiritual chef”

Puede parecer un juego intelectual divertido pero para mí no lo es. He dicho que me fascinan las intersecciones pero también me angustian! Mi estómago empieza a registrar una tensión singular y recuerdo que las zonas desconocidas, las guías poco claras, los mapas que se mueven y los caminos que no sé donde llevan nunca han sido mi fuerte.

No se si bautizar la emoción dominante como de enfado; ¡de nuevo con las etiquetas! No me gusta lo que estoy sintiendo. Quiero acabar ya con los libros, me digo que me he equivocado pretendiendo ordenarlos por temas o intento convencerme de que tampoco están tan desordenados… Huir! En lugar de eso respiro y entonces, como si viviera en un “tetris” gigante baja una ficha no prevista, un “darme cuenta”. Ciertamente, detecto un sutil cabreo pero mezclado con una considerable cantidad de miedo y luego, o todo junto, mucha tristeza.

El caso es que yo me había propuesto estar contenta porque estoy de vacaciones. ¡Hay tanta vida a mi alrededor! Risas, juegos de palabras, complicidades y canciones de cuna. Me estimulan los proyectos que tengo entre manos y el amor que me rodea.

Y sin embargo, la muerte que se empeña en estar también presente, bien visible. Recuerdo las muertes recientes, la intervención quirúrgica inminente de una hermana y no puedo quitarme de la cabeza las playas mediterráneas y los naufragios a pesar de la gente valiente. Me hieren algunos aspectos sociales que no comprendo. Dolor, ¡eso es lo que estaba evitando!

La vida y la muerte. Yo con la firme voluntad de abrirme a la alegría y la vida que se empeña en recordarme también los duelos. De nuevo la aparente disyuntiva, como con el libro en la mano; ¿a dónde va?

Al final es difícil, la alegría. Es una emoción que me da vergüenza mostrar porque mi mente la interpreta como injusta. “La vida es un valle de lágrimas”, ¿os suena ?. Pero os confieso que aún más allá, subiendo el volumen, he descubierto el gozo que aprendo a reconocer en las pequeñas cosas que me sorprenden, en los momentos en los que me arriesgo o cuando me siento libre para decidir. También cuando abro el corazón y hago espacio a cosas aparentemente contradictorias.

No, no hay una manera correcta de ordenar ni puedo encontrar una solución perdurable. Ordeno el libro en el segundo estante y me digo que ya lo cambiaré tantas veces como lo necesite.

Cojo en brazos mi nieta y el bebé se me duerme en el pecho. Hay mucha vida en este ritmo que late y me digo que Sí. Desde la ventana puedo ver nuestro mar, tan bello y tan salvaje. Muy cerca intuyo los barcos de todo tipo, los cruceros, los mercantes y los que rescatan niños, mujeres y hombres de la muerte. Olas que sólo quiero sentir, sin clasificar. Respiro.