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Más allá del control

Más allá del control

A menudo las personas que vienen a terapia lo hacen con la demanda que les ayude a controlar su vida. La seguridad de tenerlo todo bajo control parece un valor al alza.

Reconozco que hay momentos en la vida en que atravesamos hechos que amenazan todo el edificio psíquico. También comprendo a las personas que les cuesta salir adelante porque se pierden en inseguridades diversas. Son ejemplos en los que, en apariencia, la necesidad de control se hace imperiosa. Y sin embargo, incluso en estos casos, elaborar los duelos o ejercer el poder de poner límites mejora la sensación de control. Pero no es a estos casos a los que me refiero.

A menudo, en el día a día cotidiano, pretendemos ejercer un control desmesurado sobre personas y cosas que nos rodean.

Trabajamos para hacerlas encajar en una idea preconcebida que evaluamos como LA adecuada o LA buena. La demanda terapéutica tiene que ver con la petición de una ayuda extra para conseguir que la realidad se ajuste a esta idea que nos hemos hecho de ella. Y de paso, ahorrarnos la frustración y la rabia hacia el mundo, a quien culpamos de nuestro desengaño.

Estamos cómodos con la seguridad, incluso somos un poco adictos a prever las cosas con mucha antelación. ¡Hay tantos productos en el mercado que nos venden esta falsa promesa de control! Como si la vida no fuera un sinfín de cambios, transiciones, ciclos, muertes y pérdidas seguidas de duelos …

Imaginemos que la mujer que ha venido a terapia con esta demanda se llama Cristina. Saco el cojín que guardo para estas ocasiones, el grande y verde en forma de puf, y lo coloco delante de ella.

Mira –le digo–, esto es la vida, ¿como la ves?

Hay excepciones, pero Cristina responde como la mayoría de nosotros cuando esta pregunta la coge por sorpresa.

La ve grande, muy grande, la vida.

Incluso se angustia un poco al sentirse pequeña a su lado. Le propongo que pruebe de arrodillarse ante ella en señal de reconocimiento pero no quiere y se da cuenta de que se siente más cómoda compitiendo con ella.

Mantenerle un pulso a la vida, con la pretensión de controlarla, no nos deja avanzar y supone un sobreesfuerzo desmedido.

Además, considero que es un rasgo de omnipotencia y una garantía de sufrimiento e infelicidad. Este esfuerzo, a menudo inconsciente, suele ser proporcional al miedo de sentirnos frágiles, desubicados o vacíos. Y sí, ¡no es nada cómodo!

Cristina me mira y confiesa que no está preparada para soltar, todavía. Que se da cuenta del laberinto donde está metida pero que no puede renunciar a la idea de que esforzándose saldrá victoriosa de esta lucha.

Le digo que la entiendo. Soltar el control es difícil y además, contradictorio en apariencia: ¿cómo lo hacemos para responsabilizarnos sin controlar?

La realidad es que asumir nuestro poder en la medida que nos corresponde no tiene nada que ver con este pulso. Hay algo que aprender para aceptar que hay cosas que no dependen de nosotros o que existe un orden interno que a menudo va más allá de nuestra mirada. Es liberador.

Cuestionar las ideas de cómo debe ser nuestra vida y permitirnos descubrir cómo podría ser, es todo un proceso. Esto significa incorporar sensaciones, intuiciones y emociones en el mapa que consultamos para orientarnos.

Cuando aflojamos el control, emerge la confianza en la capacidad que tenemos todos los seres vivos de autorregularnos y de dirigirnos hacia el bienestar.

El conocimiento de quiénes somos y de qué nos hace sentir vivos es una puerta al placer y a la capacidad de maravillarnos.

Un exceso de control implica rigidez y dificulta el proceso de autorregulación organísmica.

Paso a paso, me dice Cristina. Le sonrío.

 

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