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Otro solsticio de verano

Otro solsticio de verano

Quizás fue a causa de que se le acumulaban demasiadas cosas o porque además, ya no estaba cómoda explicándoselas de la misma la manera como había hecho siempre. Necesitaba un cambio y estaba irascible, desbordada, incómoda…Y además dormía mal.

Repetía que necesitaba detenerse y no sabía cómo. Que lo explicaba a la pareja y los amigos y no la comprendían demasiado, que se daba cuenta de que la querían ayudar pero no podían. Los sueños le hablaban de una bicicleta sin freno y de bajadas por pendientes pronunciadas con mucho riesgo de despeñarse y hacerse daño.

Sentía, Marta, que el tiempo se le escapaba y que a pesar de las herramientas que había aprendido los últimos años que le permitían mirar de frente las cosas y respirar fuerte, no eran suficiente como otras veces. Algo la inmovilizaba y no podía o no quería profundizar más.

Mi parte cariñosa y compasiva, hacía días que acariciaba, paciente, el punto preciso donde el vértigo la tomaba y la colapsaba. La acompañaba a tocar resistencias profundas. Ella quería continuar y se resistía a la vez y, exigente, se repetía que no le quedaban oportunidades. A menudo la impotencia la tomaba de nuevo irremediablemente.

Me dijo, que cada año llevaba cosas cosas viejas a la hoguera por San Juan, pero que aquel solsticio no quería quemar nada.

El cuerpo se le había vuelto más flácido después de la intervención y la familia había crecido y habían sucedido unos distanciamientos inesperados. Al mismo tiempo, algunos anhelos dormidos se despertaban con fuerza y la increpaban nítidos e impacientes. No se interesaba por cosas nuevas como antes, ni por viajes ni por nada que fuera nuevo, diferente, estimulante, exótico o especial. Sólo necesito detenerme, decía.

Me gustó acompañarte Marta; sobre todo cuando hiciste aquel salto imposible, sobre la hoguera que chasqueaba con fuerza. Lloré emocionada, viéndote atravesar una puerta que yo todavía tengo que descubrir.

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