Abraçar la Responsabilitat

Culpa y responsabilidad, una visión gestáltica

A diferencia de las emociones primarias como el miedo, la rabia o la tristeza, la culpa suele ser un sentimiento secundario que fabricamos de manera más o menos inconsciente en contra nuestra. Se trata de una acción autopunitiva: a menudo nos resulta más sencillo sentirnos culposos que asumir y sostener determinados aspectos de nuestra personalidad.

Dicho de otro modo, en muchas ocasiones esta deriva inconsciente hacia la culpa tiene un beneficio neurótico no siempre sencillo de detectar.

Renunciar a la culpa implica asumir una determinada responsabilidad.

Cuando en terapia nombro la responsabilidad, las personas me miran como si los acusara de no hacer los deberes. Se visualizan en escenas de castigos sufridos en la infancia porque no se habían comportado como los maestros o los padres esperaban. Crecer implica asumir las propias responsabilidades pero a menudo acabamos integrando que ser responsable implica hacer lo que los demás esperan de nosotros.

En nuestra cultura, heredera del judeo-cristianismo, la manera de redimirnos de la culpa es mediante un castigo que nos devuelve a la casilla de salida. En el imaginario de muchos de nosotros, todavía está muy presente la comprensión de la responsabilidad según un universo de culpa, castigo y perdón.

En este paradigma, el poder se encuentra fuera de nosotros. Para vertebrarnos como sociedad necesitamos normas pero, ¿tiene sentido aceptarlas si no las hacemos nuestras? ¿Para qué sirven si, como adultos no las hemos interiorizado y validado? Los castigos sufridos a causa de actos que no reconocemos como negativos, ¿sirven para algo?

Culpa i Responsabilitat Gestalt

La visión gestáltica de la responsabilidad implica hacernos cargo de nuestra vida y asumir como propio lo que hacemos, pensamos y sentimos.

Y la terapia va precisamente de esto, de señalar y confrontar la actitud de culpar al otro, al mundo o a la vida misma de todo lo que nos sucede.

Aunque al principio abrazar esta comprensión sobre la responsabilidad puede provocar una cierta desazón, cambia muy pronto la percepción de las situaciones. Una antigua piel opresora comienza a desprenderse y dejamos de vivenciarnos como víctimas. El poder empieza a latir internamente y crecen las posibilidades de ser conductores de nuestra vida.

Dejar de sentirnos culpables implica a menudo asumir la responsabilidad por lo que queremos.

No es sencillo, sobre todo al principio, orientarnos en el caos que supone atender lo que sentimos, lo que pensamos y lo que queremos. El peso de los «deberías» se encuentra bien arraigado y dificulta llegar a un entendimiento que podríamos definir como «lo que quiero».

«Lo que quiero» no se refiere a lo que se me antoja ahora mismo, sino que incluye un amplio abanico de apreciaciones internas y comprensiones de quién y qué nos rodea. Se apoya en nosotros mismos y no en el exterior o en las demandas externas. En algún momento sabemos cuál es el paso que queremos hacer y podemos asumir la responsabilidad más allá de las valoraciones externas. Con un poco de trabajo emocional y otro poco de práctica, suele ser una brújula fiable.

A menudo, al empezar a andar este camino nos sentimos egoístas y aumentan las acusaciones de estarnos mirando demasiado el ombligo; es cierto que los primeros pasos pueden ser torpes y que los cambios no son fáciles. Pero también es frecuente que, después de avanzar unos pasos y mirar atrás, recibimos el regalo de descubrir que lo que habíamos iniciado «para nosotros» acaba contagiando los que nos rodean y nuestro entorno, se hace más fluido y más sincero.

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